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De los visitantes de calidad a la calidad de los museos

Hace varias semanas, Estrella De Diego reflexionaba en El País sobre la saturación de visitantes en algunos museos y los problemas que ésto conlleva para la conservación o la contemplación de las obras expuestas. En realidad, en el artículo más que al problema de la masificación de los museos en sí, quería referirse a los comportamientos (lo que ella define como “actitud”) de los nuevos públicos, no especializados y poco habituados, de los museos. Algunos  de los comportamientos que describe, como tocar las obras expuestas, son inadecuados, pero es importante resaltar que son minoritarios. De Diego llegaba la conclusión, bastante desafortunada, de que es necesario establecer no sólo un control del número de visitantes a los museos, sino también un control de calidad, una solución que ella misma reconoce que es drástica e impopular y que yo creo que es la solución más fácil.

Museos Vaticanos

¿Por qué no se trata de dar una respuesta desde los museos a esos nuevos comportamientos e intereses de los nuevos públicos? ¿Por qué no trabajan los museos para mejorar la actitud y la “calidad” de sus visitantes? ¿De verdad sobran visitantes en los museos? ¿Cómo se mide la calidad? ¿Quién establece los criterios de calidad?

El mismo día que Estrella de Diego publicó su artículo en El País, encontré a través de twitter una web en la que se recogen algunas fotografías de visitantes del MoMa posando frente a El Grito de Munch y enlaza a otras fotografías de visitantes con la misma actitud en el Museo de Oslo, y me pregunté ¿será esta actitud inadecuada para un museo o una falta de respeto hacia la obra o hacia el artista? ¿son o no estas personas visitantes de calidad? Lo mismo pensé al recordar blogs como Jumping in art museums. ¿Necesariamente estas personas tienen menos respeto hacia los museos o hacia las obras de arte que aquellas que tienen un comportamiento aparentemente más correcto? Pienso que no.

Visitantes del MoMa frente a “El Grito” de Munch

Blog “Jumping in art museums”

Es evidente que existe una nueva mentalidad hacia los museos que se manifiesta no solamente en fotografías como las que aparecen en los ejemplos que he citado antes. Existe, en general, una actitud más participativa a todos los niveles y empieza a exigirse más transparencia tanto para conseguir explicaciones lógicas a la prohibición de hacer fotos como a conocer en qué se destinan los presupuestos.

Los museos deben aprender a comunicarse de manera fluida con sus visitantes, a trabajar en la experiencia de la visita, a entender cómo afectan los cambios sociales en su público, a no censurar nuevas actitudes y comportamientos y a canalizar esta nueva actitud abierta a la participación con el objetivo de crear una comunidad en torno a ellos y al patrimonio que albergan, porque este objetivo, que debe ser uno de los principales para cualquier museo, no suele cumplirse.

Los museos, sobre todo los grandes, miden su éxito por el número de visitantes, pero este éxito, como hemos visto, está más de cerca de ser sinónimo de masificación que de éxito. Los visitantes de los museos tenemos que exigir esa calidad, especialmente cuando se trata de museos públicos, pero deben existir organismos que evalúen esa calidad y establezcan criterios y objetivos. ¿Sería una buena opción que el ICOM creara un sello de calidad para los museos o para sus diferentes áreas o programas basado por ejemplo en la experiencia de sus visitantes?

La única manera de convertir a los visitantes poco habituados y no especializados de los museos en lo que Estrella de Diego llamaría “público de calidad” es fomentar la calidad en los museos.

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Soy historiadora del arte y escribo este blog desde el año 2007. Me interesa el arte contemporáneo, la educación y la aplicación de procesos participativos al arte y la cultura

6 Comentarios

  1. Hola. Me parece muy correcta tu entrada. Sobre todo considero que como planteas debeía haber sellos de calidad.
    Pero otra propuesta sería incentivar las visitas a los museos menos populares, conocidos, famosso… como se les quiera llamar. Existen muchos museos pequeños que pueden mostrarnos perfectamente parte de la historia, de la historia del arte, de las costumbres…
    La colaboración entre los grandes y pequeños museos sería una buena opción.

  2. Lo que voy a decir lo comento en serio, aviso: ¿Te parece que podrían hacer “museos paralelos” (a lo mejor en un sótano del mismo museo, o en un edificio anejo) con réplicas exactas de las obras, y sólo de las más visitadas, las “famosas”, de forma que la entrada a dicho recinto sea más barata? Suena muy cutre… pero solucionaría muchos problemas: las obras que todos los turistas quieren ver estarán en un lugar más amplio, cada una en una sala de forma que quepa más gente, los originales estarán más preservados, menos expuestos, el museo haría más caja, y los turistas tardarán menos tiempo y pagarían menos por ver “todo” y “sólo” lo “importante”. Y lo digo en serio. El “culto al original” es bastante absurdo, fetichista, peligroso… Favorecer la copia sería todo ventajas.

  3. @Tana, estoy totalmente de acuerdo contigo en que es necesaria la colaboración entre grandes y pequeños museos. El problema de la masificación está en los primeros, que son los que reciben además un público más diverso, especialistas y poco o nada habituados. Creo que la forma en que estos museos se relacionan con sus públicos debería incidir también en los museos pequeños, además de tratar de fomentar las actividades en colaboración.

    @Daniel, es interesante tu propuesta pero no lo veo adecuado. De esa manera estás creando una distinción entre los públicos, y los museos deberían saber dar otro tipo de respuestas. Además, no creo que los turistas opten por la parte de las réplicas frente a los originales.

  4. Hola.

    Trabajo de cara al público en un importante museo, y es increíble lo que una llega a ver día a día.

    Está claro que los museos han dejado de ser templos del arte para ser una institución a la que cualquier persona tiene acceso. Pero ya no es sólo que el museo trate de adaptarse a estas circunstancias, sino que también es víctima de prejuicios y de la incomprensión o desinterés de muchos visitantes, que simplemente van a una exposición “para hacer tiempo y luego tomar el aperitivo”. Está claro que ir a museos se ha convertido en una opción de ocio más, y parece que no importa ya si se oye a un bebé llorando desconsolado en una exposición, niños corriendo por las salas, grupos de personas hablando en alto y riendo, o atendiendo una llamada telefónica.

    Por mucho que cambien los tiempos, y por mucho que el museo intente abrirse a la sociedad, hay normas que un museo debe poner y que el público debe acatar, las cuales son muy difíciles de aceptar por este último, y es motivo de discusión, enfrentamiento o conflicto.

    Esto mina en el estado de ánimo de los visitantes, así como en la calidad de visita de los demás. Se debería educar mejor al público, tanto en su visita como en el cumplimiento de las normas, que a veces ya rozan la moralidad y el sentido común.

    Claro que también tenemos que ser conscientes de un aspecto que también has mencionado: los museos miden su éxito en función de sus visitantes, sin tener en cuenta que muchos han podido sentirse engañados o estafados al ver una exposición muy bien comercializada pero pobre al mismo tiempo.

  5. Muchas gracias por tu comentario, Bea. En el post hablaba sobre nuevos comportamientos que entran dentro de lo que sería el respeto a lo expuesto y al resto de visitantes del museo, evidentemente dentro de unas normas. Sin embargo, creo que los museos grandes y mediáticos, que son los que tienen ese problema de masificación de público tienen, desde mi punto de vista, la responsabilidad de educar a sus visitantes. No creo que nadie que entre en museo, independiente de sus motivos, sobre, pero los museos tienen que educar y crear la necesidad o el interés por visitarlos, convirtiéndolos en lugares amables, abiertos a la participación y divertidos, por qué no, pero todo dentro de un orden y un respeto.

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