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El tortuoso camino hacia la capitalidad europea de la cultura

Hace ya algún tiempo, Elena Medel me envió su libro “Córdoba 2016: el viaje a ninguna parte”. Ahora leo en El País que el Tribunal Supremo ha admitido el recurso de Córdoba y que se investigará si hubo irregularidades en el proceso de selección y en la elección de San Sebastián como Capital Europea de la Cultura en el año 2016, si pesaron más las razones políticas que las culturales, si hubo conflicto de intereses ante la presencia de un miembro del jurado vinculado laboralmente a la ciudad de San Sebastián.  Por eso ahora me parece interesante compartir algunas de las conclusiones que saqué tras leer el libro.


En “Córdoba 2016: el viaje a ninguna parte”, Elena Medel analiza, junto a Marta Jiménez, todo lo que rodeó la candidatura de aquella ciudad de una manera crítica y hace referencia a algunos aspectos generales de otras candidaturas como las posibles razones por las que las otras dos ciudades favoritas, Santander y Cáceres, no pasaron el primer corte. También se analiza, de manera muy exhaustiva, la candidatura de San Sebastián.

 
Uno de los datos que desde mi punto de vista me parecen más curiosos es que San Sebastián podría haber contado con información privilegiada de algunas de sus rivales, especialmente de Córdoba. ¿De dónde procedía esa información? Según Elena Medel y Marta Jiménez, de los arquitectos Fuensanta Nieto y Enrique Sobejano, autores del C4 y el Museo de Medina Azahara de Córdoba y del edificio Embarcadero de Cáceres.
 
Cáceres abandonó la carrera por la capitalidad en septiembre de 2010 y tanto los ilusionados como los pesimistas trataban de dar explicación. Ha sido por el presupuesto (entonces, no tenía sentido que hubiera caído Santander), ha sido porque no hay comunicaciones (entonces, no habría pasado Las Palmas), ha sido porque se ha apoyado el proyecto en infraestructuras sin definir. Las malas lenguas y la prensa de casi todas las ciudades apuntaron pronto al complot político: Cáceres no habría pasado porque pesaban más políticamente otras ciudades, como San Sebastián o Las Palmas, cuyos gobiernos habían sido clave en la aprobación de los presupuestos del Estado. Sin embargo, esto no cuadra con lo que sucedió en realidad: pasaron dos ciudades por cada día de examen (Cáceres presentó su proyecto el mismo día que Burgos y Córdoba). 
 
El libro presenta a Cáceres y a Santander como víctimas de un sistema de votación arbitrario, ya que en las bases no existen criterios preestablecidos y es el jurado el que libremente decide, en el momento de la votación, qué parámetros se van a tener en cuenta, sin tener que justificar el método elegido o hacer públicos los resultados. Este sería el inicio de lo que Marta Jiménez y Elena Medel califican de incoherencias y paradojas en el proceso de selección y que culminarían con la designación, supuestamente irregular, de San Sebastián, pero vamos a hacer un paréntesis para preguntarnos…
 
¿Por qué ganó San Sebastián?
 
Al margen de las supuestas presiones políticas o conflictos de intereses por parte del jurado, que han llegado a ser denunciados formalmente por los alcaldes de Córdoba, Zaragoza y Burgos, de si San Sebastián cuenta ya con unas estructuras y unas infraestructuras culturales consolidadas, o de si su actual gobierno, de Bildu, no es el más adecuado para abanderar un proyecto así, lo cierto es que San Sebastián, según el libro, se distinguió desde el principio del resto de candidataspor varias razones.
 
En primer lugar porque San Sebastián, de la mano de Odón Elorza, el alcalde socialista que inició el proyecto, asumió sin complejos que tenía un grave problema, el terrorismo, que quería combatir con cultura, mientras que el resto de candidatas, que, no lo olvidemos, también luchaban por la capitalidad, más que por la cultura, para superar otros problemas estructurales, se limitaron a tratar de dar la mejor imagen de sí mismas, obviando los problemas ecónomicos, sociales o culturales a los que se enfrentaban.
 
En segundo lugar,el libro habla de una delegación donostiarra joven y desenfadada, de un alcalde en camisa de manga corta, en vez de traje y corbata, y de unas presentaciones teatrales ante el jurado en la que los creadores tomaron casi todo el protagonismo. Ni técnicos ni políticos, CREADORES, algo que el jurado echó en falta en el resto de candidatas.
 
Por último, San Sebastián recorrió el camino al revés de las demás. Mientras que todas las candidatas trataban de implicar a sus ciudadanos en el proyecto, San Sebastián buscó conseguir el objetivo para después ilusionar a su vecinos. 
 
Ahora volvamos.
 
Las eliminaciones de Cáceres y Santander hicieron tambalear las quinielas del resto de las ciudades candidatas. Córdoba empezó a ser consciente de que las cosas no serían fáciles e incluso admiten las autoras que respiraron aliviados, porque sabían que ellos mismos podrían haber sido víctimas de ese sistema arbitrario y poco transparente de elección. Por su parte, San Sebastián dejó de ver en Córdoba al rival más fuerte y empezó a mirar hacia otras ciudades como Segovia. (Según recoge el libro, algunas fuentes apuntan a que habría sido esta última ciudad la que se disputó con San Sebastián la capitalidad y no Córdoba).
 
Lo cierto es que, por lo que se describe en el libro, el proyecto de Córdoba no era tan fuerte como nos hicieron creer. Incluso se cuenta cómo, durante la visita de rigor, el jurado se vio sorprendido, por cortesía ciudadana, por la realidad de la ciudad: la de los caballos, la copla, las flores en el pelo y el sombrero cordobés, mientras los responsables del proyecto trataban de mostrarles una imagen de la ciudad más contemporánea pero menos real. Después de analizar la derrota, tratan de de explicar de qué manera la ciudad ha tratado de reconducir, sin éxito hasta el momento, las energías e ideas surgidas de la capitalidad.

Creo que lo que ha pasado con la capitalidad europea de la cultura es un claro ejemplo de falta de transparencia, y que si en las bases se hubieran definido los criterios y baremos para puntuar cada proyecto y que si las puntuaciones se hubieran hecho público quizás todo esto no habría pasado. 

Creo también que todas las ciudades que presentaron sus candidaturas estaban en igualdad de condiciones, por mucho que se hablara de favoritas, porque ¿cuántos cordobeses (o cacereños, o burgaleses o santanderinos) indignados por la decisión del jurado conocían de verdad los proyectos que sus ciudades habían presentado a Europa? Tenemos que recordar que no se valoraban las ciudades ni su patrimonio, se valoraban los proyectos presentados. Y además, ¿qué pasaría si ahora se desvela que hubo irregularidades? ¿Habría que repetir todo el proceso?

Tengo que decir que a mí nunca me pareció un regalo ser capital europea de la cultura, y menos en los tiempos que corren, porque del presupuesto total, que ascendía de media a unos 60 millones de euros, Europa sólo aportaría 1,5 (un 2,5%). Sin embargo, organizar un año de actividades culturales bajo la protección y la marca de Europa aporta muchas más cosas, que no tienen nada que ver con la cultura: infraestructuras, turismo, desarrollo, empleo, proyección en el exterior… Elena Medel y Marta Jiménez hablan también de autoestima y de la necesidad de definir nuevos modelos de ciudad, pero me parece triste que haya que recurrir a este tipo de convocatorias para que al menos en España una ciudad decida convertir la cultura en eje central de su desarrollo.
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Soy historiadora del arte y escribo este blog desde el año 2007. Me interesa el arte contemporáneo, la educación y la aplicación de procesos participativos al arte y la cultura

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