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Antonio Godoy. Mismo perro, distinto collar

(Texto sin título publicado en el catálogo de la exposición Mismo Perro, Distinto Collar de la exposición de Pedro y Antonio Godoy, celebrada en Zafra entre septiembre y octubre de 2008, ISBN: 978-84-9852-116-0)

La producción en serie de todo tipo de objetos, incluida la pintura, está estrechamente vinculada a la continua evolución del gusto, que puede llegar a convertirse en un monstruo que fabrica modas cambiantes y perecederas, marcadas desde su origen con una fecha de caducidad invisible pero aplicable también a los objetos que ellas mismas producen. Por este motivo, cuadros de temas recurrentes y repetitivos (principalmente, escenas de caza, paisajes o bodegones), ejecutados sin demasiado criterio artístico y con mucho afán decorativista, fueron, durante algunas épocas pasadas, imprescindibles en cualquier casa “de prestigio”. Su presencia dignificaba a sus dueños de cara a los demás, a las visitas, aunque, en sí mismas, estas pinturas nunca fueran objetos de museo, y no tardaran en quedar anticuadas, pasadas de moda, caducadas. Todavía hoy, algunas cuelgan de las paredes de algunas casas, pero la mayoría fueron sustituidas por otras más acordes con los dictados de las nuevas modas o, simplemente, abandonadas en un desván o vendidas en anticuarios y mercados de segunda mano, como si su ciclo vital o su destino, como queramos llamarlo, las condujera, irremediablemente, hacia el olvido y la más que probable desaparición.

Pero Antonio Godoy, en un impulso de espíritu cercano al dadaísmo, decide rescatarlas y utilizarlas como si fueran “objetos encontrados”, pues en su elección el azar cobra más protagonismo que los propios valores plásticos, por lo general, escasos, para introducirlos en los ambientes expositivos, de los que posiblemente nunca llegaron a formar parte. En sus manos, estos “cuadros bastardos”, como él decide llamarlos, de autor desconocido, se ven sometidos a una sutil metamorfosis, a una mínima intervención que el artista ha denominado “cirujía plástica” y que incluye, a veces, cambios en la gama cromática o en la orientación (“A Zurbarán”).

El resultado final es un conjunto coherente, unificado a partir de la importancia que para Antonio tiene la representación pictórica del volumen y el peso de los objetos, del vacío y de la materia, a veces suspendida o fragmentada, un interés que también está presente en su serie Lírica industrial, y en sus dibujos. Los elementos que, tras un largo proceso de observación, son añadidos o eliminados configuran por lo general volúmenes rotundos que pasan desapercibidos, perfectamente integrados en el conjunto, pero que generan en el espectador una inquietante sensación: una sugerida presencia humana (“Paisaje habitado”) de recuerdo casi metafísico, o sobrenatural (“El cielo es nuestro”) con tintes de la época atómica daliniana; volúmenes de estabilidad imposible (“Mestizo”, “La isla”); o provocadoras dosis de humor, como en las obras “Florido espetec” y “Naturaleza muerta”, aunque la base conceptual que fundamenta toda la serie puede entenderse, en sí misma, como una provocación.

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Soy historiadora del arte y escribo este blog desde el año 2007. Me interesa el arte contemporáneo, la educación y la aplicación de procesos participativos al arte y la cultura

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