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No habrá lugar allí para ninguno. Abel Jaramillo en Arte Santander

Hasta el próximo miércoles 19 de julio se celebra la vigésimosexta edición de la feria Arte Santander, con la participación de 42 galerías de arte contemporáneo. El artista Abel Jaramillo está presente en el stand de la Galería Aldama Fabre con una selección de obras pertenecientes a dos proyectos iniciados en el año 2016 y que se encuentran aún en proceso: “Our Recreation” y “No habrá lugar allí para ninguno”.

Abel Jaramillo (Badajoz, 1993) es un artista interesado en las grietas de la historia, los relatos que se quedan al margen de lo oficial y las tensiones políticas que se proyectan en lo cotidiano y en lo doméstico. Su trabajo parte de imágenes y textos de los que se apropia y recontextualiza para generar contradiscursos que distorsionan los relatos oficiales que construyen la historia. 

En “No habrá lugar allí para ninguno” trata de crear, siguiendo las lógicas de archivo, un mapa híbrido de la historia de Extremadura confrontando relatos olvidados con la historia oficial, pero también el pasado con el presente. Para ello utiliza imágenes de archivo y actuales, textos y documentos encontrados, pero también otros lenguajes como la performance.  Se trata de un diálogo entre pasado y presente en el que conecta sucesos históricos con la actualidad, reinterpretándolos de manera crítica a partir de conceptos como el tiempo, el olvido y la memoria. Es un proyecto abierto, en el que se irán insertando nuevos relatos en los márgenes y se avanzará en los ya propuestos en la medida que éstos también avancen. Todos estos relatos, aunque pueden parecer inconexos en principio, tienen en común una fuerte vinculación con el territorio y la construcción de la identidad colectiva.

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En primer lugar, Abel Jaramillo empieza interesándose por cómo se  construye la imagen y la identidad de Extremadura y de lo extremeño. Lo hace a partir de dos películas que forman parte ya del imaginario colectivo: “Las Hurdes (Tierra sin pan)” de Buñuel y “Los Santos Inocentes”, dirigida por Mario Camus a partir de la novela de Miguel Delibes. Estos documentos audiovisuales proyectan una imagen del extremeño como un sujeto pasivo y migrante, alguien a quien la tierra le es hostil, y sumiso ante la precariedad. Pero a esta construcción de la identidad extremeña que se hace desde fuera, Abel Jaramillo añade un acontecimiento político que contribuirá a hacerlo desde dentro.

En el año 1985 se decidió la fecha de la celebración del Día de Extremadura y se eligió el 8 de septiembre, coincidiendo con la festividad de la Virgen de Guadalupe. Esta elección contribuyó, de alguna manera, a legitimar la idea de lo extremeño que se había impuesto y chocó con algunos sectores que reivindicaban otra fecha y otro acontecimiento histórico. De este modo, el proyecto “No habrá lugar allí para ninguno” parte del concepto amplio de comunidad o región para después introducirnos en relatos más locales, asociados a lugares concretos. Son historias que nace de lo popular pero que al mismo tiempo poseen un gran peso para cambiar la imagen de sumisión que tradicionalmente ha acompañado a Extremadura. Quizás por eso, el artista prefiere no desvelar concretamente los nombres de las localizaciones. 

Uno de estos relatos tiene que ver con los hechos ocurridos durante la madrugada del 25 de marzo del año 1936. Ese día, entre 60000 y 80000 campesinos y yunteros, en más de doscientos pueblos extremeños, asaltaron las tierras que la II República les prometió dentro de su Reforma Agraria, que pondría fin a los latifundios. Estos asaltos tuvieron lugar también en otros territorios, pero los ocurridos en Extremadura fueron los más masivos. Los campesinos y yunteros extremeños eran los mejor organizados de España, los que tenían una mayor conciencia colectiva, y sus condiciones laborales y modo de vida fueron recogidas en el documental grabado por el Marqués de Villa Alcázar para justificar las políticas de la Reforma Agraria. También fueron los que se encontraron con una mayor represión. Estos hechos, que apenas son conocidos en la actualidad, llegaron a aparecer, en su momento, en las portadas de la prensa internacional.

Para el artista, estos hechos cuentan con un mayor peso para la construcción de identidad en la comunidad, y habría contribuido a sustituir la imagen proyectada de los extremeños como sujetos pasivos por una nueva imagen de sujetos rebeldes, con conciencia de pueblo y nos hace pensar también en la posibilidad de que el puño en alto de algunos bailes regionales pueda ser  una demostración también de esta rebeldía.

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La elección de la festividad religiosa frente a un acontecimiento de gran carga política y social es vista, por Abel Jaramillo, como un triunfo de lo sagrado sobre lo profano. Por este motivo, decide apropiarse de la obra “Combate entre Don Carnal y Doña Cuaresma” pintada por Pieter Brueghel El Viejo en 1559.

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Sin embargo, en “No habrá lugar allí para ninguno”, Abel Jaramillo no nos habla sobre el Carnaval, sino que otro de los relatos gira en torno a las tradiciones populares que nacen de lo precario y que, a través del disfraz, generan un fuerte sentimiento identitario y de comunidad. Son fiestas y tradiciones que se han desarrollado al margen de lo oficial, y, como tales, para orgullo de los vecinos, lograron salvar la censura de la dictadura franquista y se siguieron celebrando durante los años que el Carnaval estuvo prohibido. Estas connotaciones políticas sirven al artista para vincularlos con los celebrados en la Edad Media, cuando se tiene constancia de que algunos campesinos aprovechaban la confusión del disfraz para asaltar tierras. En el proyecto, Abel Jaramillo se centra en las fiestas de mascarones de algunos pueblos del sur de la provincia de Badajoz en las que, durante un día, los vecinos utilizan harapos, trapos y ropa vieja para disfrazarse. Mediante la performance, decidió recrear un asalto como los ocurridos en la madrugada del 25 de marzo del 36 durante una fiesta de mascarones. Esta acción, documentada en vídeo, aparece parcialmente tapada por las imágenes del documental sobre los campesinos y yunteros grabado en el 36. De esta forma, pueden verse, de manera simultánea, los momentos previos al asalto y la actualización del asalto ochenta años después.

Como he comentado antes, en este proyecto no aparecen nombres concretos de lugares, pero sí aparece un nombre propio. Josefina Routier fue una costurera extremeña, de padre francés, que a finales de los años sesenta desapareció del pueblo en el que vivía, al sur de Badajoz, sin que ninguno de sus vecinos supiera qué fue de ella. Su historia cobra interés dentro de este proyecto cuando en el año 2014 se le atribuye la autoría de unos poemas de gran calidad que se encontraron en la vivienda en la que residió. Nadie en el pueblo conocía hasta entonces las inquietudes literarias de Josefina, que quizás se vio obligada a ocultarlas por ser mujer. Para acercanos su historia, Abel Jaramillo ha creado un vídeo en el que varias mujeres (filólogas, historiadoras y una amiga de la infancia de Josefina) recitan sus versos, de espaldas, como una voz en off. Lo más interesante de la historia de Josefina es que en sus poemas se refleja un fuerte sentimiento de identidad con las tradiciones del carnaval y también de la lucha por la tierra, con versos como “no se dan cuenta de que nos han impuesto hasta el paisaje”. 

Josefina Routier nos lleva a pensar en la historia de otra mujer extremeña que en un momento más reciente sí pudo dedicarse con gran éxito a la literatura. Dulce Chacón publicó en el año 2000 la novela “Cielos de barro”, ambientada en Extremadura durante la guerra civil y la posguerra, la época en la que vivió Josefina. Dulce Chacón fue una escritora comprometida con su tiempo y preocupada por la situación de la mujer y la recuperación de la memoria como herramienta para entender el presente. Tardó más de cinco años en recopilar los testimonios que inspiraron su novela “La voz dormida”, pero su primer libro, publicado en 1992, fue el poemario “Querrán ponerle nombre”. En él, se incluye un poema con el mismo título que habla sobre el tiempo y el olvido, sobre la memoria. Uno de los versos de este poema da nombre al proyecto de Abel Jaramillo que podéis ver hasta el miércoles en Arte Santander. 

Se encontrarán
el tiempo y el olvido
en un ángulo recto,
en un espacio silencioso y solo
donde el vértigo se hace
con la línea que deshace la memoria.
Llegarán cada uno por un lado,
el olvido
con las horas muertas en los brazos
y el tiempo
con los recuerdos por morir.
No habrá lugar allí para ninguno,
desde el vértice verán
la extensión blanquísima
donde desaparecen blanquísimos
los sueños.
sin asco lo verán,
sin sorpresa y sin asco,
sólo un tenue dolor que se insinúa.
Y querrán ponerle nombre.

 

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Soy historiadora del arte y escribo este blog desde el año 2007. Me interesa el arte contemporáneo, la educación y la aplicación de procesos participativos al arte y la cultura

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